Reflexiones de año nuevo, en forma epistolar

Querido año nuevo,

Eres todo un acontecimiento esperado. Te recibimos por todo lo alto, con nuestras mejores galas y sonrisas, hasta con alfombras rojas.

Llevamos varios días o quizás hasta un par de semanas pensando en ti y en nuestras listas llenas de buenos propósitos, como tenemos por costumbre.

Somos poco originales, siempre te pedimos que seas bueno, que no nos traigas desgracias, que nos permitas tener más tiempo para nosotros… y cosas que deben de parecerte a estas alturas banales.

¿Quién eres tú al fin y al cabo para que posemos todas nuestras esperanzas en ti? Y ¿por qué deberías hacernos caso?

He leído muchas listas de buenos propósitos hechas públicas por las redes. Todas ellas tienen en común dirigirse a ti como si fueses un ser vivo: “querido año, sé bueno”. Curiosa paradoja, como aquella de que el pan engorda. Para mí, constituye de algún modo una forma paradójica de eludir la responsabilidad. “Tráeme, dame, hazme.”

¿Y nuestra parte de responsabilidad? Nuestras agallas, nuestra intervención, nuestro deber. Estamos en ese bonito periodo de reflexión, que va desde el inicio de año, con una libreta en blanco esperando a que la rellenemos de vivencias y sabidurías, hasta el sentido de la vida, que a estas alturas, no sé hasta qué punto es positivo dedicarle muchos minutos de análisis.

Hay una línea muy fina entre vivir y teorizar. Qué buena labor hicieron los filósofos desde la antigüedad hasta nuestros días. Nos dejaron tantas maneras de pensamiento y tantos caminos trazados para encaminar tanto nuestras introspecciones, como nuestras retrospecciones, que no podemos quejarnos. Será por opciones.

Desde la filosofía clásica, donde teníamos definida la búsqueda de la excelencia en Platón y la del equilibrio en Aristóteles, hasta los existencialistas del siglo pasado, uno puede ser racionalista, idealista, humanista o varias corrientes en simbiosis.

Chekhov, uno de mis rusos predilectos, decía que el mundo no es sino nuestra concepción del mismo; un maravilloso existencialista que nos dejó obras maestras como “El jardín de los cerezos” (que en realidad, eran guindos, ya que son el tipo de cerezas que hay en el frío clima de Rusia). Y tenía razón, ¿verdad? Cuidado con dar y quitar la razón, porque es un juego tan peligroso en un supuesto mundo de la libertad de expresión, que uno no sabe si no saldrá malherido (metafóricamente, prefiero pensar) de un duelo de adjetivos y corrientes filosóficas.

Volvamos al planteamiento anterior, ya que me resulta tremendamente cómodo hablar de rusos ilustres y sus obras maestras: teorizar y vivir, vivir y teorizar. La armonía que debe encontrarse entre estos dos conceptos puede ser una de las grandes incógnitas e incesantes búsquedas de cualquier homo sapiens que conoce la ansiedad. La ansiedad te lleva a la frustración y al pánico y al pozo sin fondo de preguntas sin respuesta.

Y te encuentras a tu vecina, que practica el mindfulness y te da un discurso sobre como relaja su mente y te planteas aferrarte a ello. Después, la amiga de tu madre va a la Iglesia y te replanteas la existencia de Dios y si estás en lo correcto en tu postura agnóstica (que, seamos francos, es la más cómoda de todas, pero no deja de ser un miedo no expresado a posicionarse de verdad). Luego, está el pragmático amigo que tiene un negocio y no tiene tiempo para tus agonías, que son al fin y al cabo, tonterías para “gente con demasiado tiempo libre para pensar”. “Si tuvieses mi jornada laboral, no tendrías tiempo para preguntarte de dónde venimos y hacia dónde vamos”.

Y se encuentra uno en una tesitura extraña, en medio del caos, intentando satisfacer su lado intelectual, que roza el idealismo, y en vivir mediante acciones. Pensar y actuar, actuar y pensar.

Ay, año nuevo… ¿No crees que mediante las interminables listas de deseos nos hemos vuelto unos seres teóricos? Puede ser que filosofar tenga hoy en día solo carácter peyorativo y que nuestros argumentos sean dignos de unos reyes del drama en toda situación que carece realmente de ella. Y un lujo, no olvidemos a nuestro amigo que tiene un negocio y no dispone de tiempo para meditar sobre nimiedades.

O puede ser que no sepamos dosificar. Simplemente, hemos perdido la capacidad de discernir: entre algo simple y algo complejo, algo grave y algo baladí o directamente, entre el bien y el mal. Puede ser que nuestro juicio esté tan nublado por cosas de la época, como un afán incontrolable de impresionar o un deseo inexplicable de triunfar. Puro egoísmo, pura fachada.

Nadar en las profundidades siempre se ha considerado un acto peligroso. Con las herramientas adecuadas y con un objetivo establecido, puede ser divertido. No obstante, el frenesí de nuestros impulsos tomará el rumbo hacia donde mejor le convenga a nuestro ánimo, sin que nuestra parte racional esté demasiado involucrada.

Año nuevo, ya finalizo mi exposición de tormentosas ideas que te quería transmitir para que sepas que tú no tienes la carga. No nos des nada.

Ya encontraremos el camino.

persistencia-de-la-memoria-de-Salvado-Dalí-medium

Vista: La persistencia de la memoria (Salvador Dalí, 1931)

Oído: Mozart para apaciguar.

Gusto: Croissant con mantequilla y mermelada.

Olfato: Café recién hecho, colocado al lado de la libreta en blanco.

Tacto: El papel de la libreta en blanco.

*Imagen de cabecera: El pensador (Rodin)

 

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