Vestigios de una infancia invernal

No controlamos nuestras emociones.

Allá va mi sentencia, que expreso —como no podía ser de otra forma— sintiendo un cúmulo de ellas en este preciso instante, algunas antitéticas y todas ahora mismo inexplicables. Disgusto, sorpresa, alegría, emoción, nostalgia, enfado, miedo… ¿Sonarán igual de tajantes en latín?

No sabemos gestionar este amplio espectro que nos invade, sin preguntar y sin saber si hay algún orden establecido por nuestra razón. ¿Inteligencia emocional? Este concepto, no sin polémica, viene a surgir de esa necesidad de alejarnos de lo meramente cognitivo para enfocar nuestra materia prima desde el punto de vista de lo que abunda en ella: los feelings, queridos amigos. No está mal. Conviene conocernos mejor, para poder ser mejores personas y ayudar al prójimo (porque si lo entendemos, podremos ayudarlo, qué duda cabe). Pero… ¿en qué fase estamos? Apenas en la de entender, deduzco yo.

Como si de una fiel seguidora de Freud se tratara, volvamos a la infancia. No entiendo cómo acabo siempre caminando despreocupada por los cerros de Úbeda y no logro centrar mi atención en mi intención inicial, que era hablar de aquellas bonitas y dulces sensaciones de la infancia, que perduran en nuestra memoria y nos hacen un especial guiño en cada acontecimiento posterior que tiene cierta similitud con ese, con el primero.

Hemos de aceptar —resignados, cabizbajos y con la elegancia de antaño ante el rechazo de una proposición en matrimonio—  que no sabemos gestionar nada y somos un desastre hasta reconociendo nuestras emociones, así que estamos tan cerca de una “inteligencia” propiamente dicha como de mudarnos a Marte. De hecho, me veo antes poniendo un zapato retro de tacón en el planeta rojo que manejando mi amígdala cerebral hacia donde quiera. Pero, como decía, volvamos a la infancia. No la perdamos de vista, que estamos a víspera de Navidad, mi época favorita y la de prácticamente todos los niños que han usado un trineo alguna vez y se han hecho algún que otro moratón en un intento de volar como los renos de Papá Noel.

Cuando todos tus recuerdos de la infancia están repletos de nieve en estas señaladas fechas de celebración, una no puede sino amarla, cogerla entre las manos, tirarse para abrazarla, admirarla desde la ventana con una taza de café y pensar para sus adentros que es un milagro haber conservado la —quiero creer, misma—ilusión que la primera vez jugando con ella.

Es curioso que nuestros recuerdos asociados a un olor sean mucho más vívidos, por encima de cualquier otro estímulo y cómo enseguida pienso en olor a café, naranjas y abeto natural, tres ingredientes clave para mi olfato para decir “Ya es Navidad”. Café, porque siempre hay café recién hecho en casa por las mañanas, pero en aquellas mañanas de Navidad hasta nosotros, los niños, tomábamos unas gotas en la leche de este anhelado elixir para adultos. Naranjas, porque es la fruta de “temporada” en un sitio gélido y nuestros mayores tenían la necesidad de vernos siempre con exceso de vitaminas en diciembre, “para evitar algún catarro en plena Navidad”. Abeto natural, porque es una tradición ineludible y hay todo un ritual que consiste en ir al mercado, elegirlo, comprar el soporte necesario a medida, los accesorios que consideras que faltan comparado con el año anterior, para que una vez en casa y elegido el sitio —no sin alguna pelea que otra—, comience el siguiente ritual, el de decorarlo. En nuestra infancia, había toda una selección de chocolate en forma de globos de colores chillones, que serían el elemento clave de decoración y posterior pelea infantil, junto con las luces, multicolores a su vez, que en la avanzada tarde de pronunciado aspecto nocturno de invierno, conseguían juntarnos alrededor del mágico abeto de olor de tierra lejana de cuento, en la que todos nuestros sueños se harían realidad, para cantar villancicos. Cantábamos hasta que desafinábamos todas las notas y entonces, pasábamos a recitar poemas con nuestros abuelos, cuya cálida mirada decía que parasemos, pasando su deseo completamente desapercibido para nosotros en la sutileza de la sugerencia de cambio de actividad.

Y recitábamos. Y hacíamos concursos de interpretación y nos dejábamos paso en escena, como si de verdaderos artistas se tratara. La escena siempre ha tenido un lugar importante en la familia y la improvisada de nuestra abuela era la más bonita y especial con diferencia. También lo ha tenido la poesía. Como si hubiesen sido verdaderos artistas en su juventud que, debido a los complicados senderos que puede atravesar una nación —algo olvidada, como un pariente pobre que vive lejos del resto de la familia—, nuestros abuelos se implicaban concienzudamente en nuestros juegos, obras de teatro y largos recitales poéticos. Cuando il orologio da parete marcaba ya una hora mucho más tardía que la habitual en nuestras rutinas escolares, reconocía en la mirada de nuestra madre un disciplinado “a dormir” sin necesidad de que abriese la boca para articular palabra. Su mímica facial era un diccionario para nosotros y ya éramos bastante doctos en muchas de las facetas de su rostro, sobre todo en las de carácter imperativo.

Al día siguiente, tras un copioso desayuno que finalizaba con un té de menta fresca “para mantener el cuerpo caliente en la nieve”, nos subíamos en nuestros respectivos trineos y nos íbamos apresurados a jugar, con la responsabilidad y prisas de los adultos cuando van a trabajar. Al pensar en mi destreza a la hora de manejar el trineo, no consigo explicar cómo es posible que actualmente, me aterre la idea de conducir y actúe cuán damisela en apuros que necesita permanentemente traslado. Las narices las teníamos rojas, “como Rudolph”, solía decir yo, a sabiendas de que dicho reno tiene la nariz así de unos dibujos que me habían cautivado y nuestras manos heladas en los guantes que no paraban de tirar nieve, en momentos clave de ataque en los tiempos de guerra callejera por equipos.

Siempre tenía que venir algún adulto a interrumpir los juegos, sin dejarse impresionar por nuestras suplicas, para ir a comer. Caíamos a una velocidad equiparable a la de los copos de nieve desde la nube a nuestro suelo, en el sofá, delante de la chimenea, tras un almuerzo que finalizaba siempre con tartas y dulces típicos, preparados por la abuela y las vecinas de toda la calle, parte de una secta en la que intercambiaban constantemente recetas, semanas antes de las fechas navideñas. Adelantadas a sus tiempos, hacían catas con té en casa de cada una para proporcionarse feedback acerca de sus obras pasteleras y para decidir sobre la que le iba a tocar a cada una, “para no repetir” y para que de esta manera, la invasión de los “urbanitas” (nosotros) en el pueblo se quedase satisfecha y con el índice glucémico en su máximo apogeo.

Aún puedo recordar perfectamente la primera vez que probé la tarta de chocolate con mousse de chocolate y guindas. No es para todos los estómagos, ni para todos los paladares y hasta muchos amantes del gremio chocolatero condenan la invasión de este tipo de fruta en estos postres, pero las guindas invitan al delirio y desafían el carácter efímero de cualquier instante. Mis abuelos siempre tenían en la despensa compota y confitura de guindas, especialmente “para la pequeña de la casa”, por ser sus favoritas. En mi ingenuidad, sabía beneficiarme de mi privilegiada tesitura, que consistía no solo en recibir pruebas de mimos adicionales por ser la plus petite, sino también en mimos de origen culinario, por el miedo que les causaba a mis abuelos mi delicada, excesivamente fina figura. “Eres larga como un día de añoranza por el ser amado y fina como una espiga de trigo”, solía decirme mi abuelo, cuyos rasgos más bien de constitución de ser interminable y fino a su vez desvelaban la genética de nuestra familia que simplemente, me conformaba a heredar.

Era suficiente manifestar mi deseo por algo y lo tenía guardado en la despensa como a un tesoro egipcio, con total prohibición para que otro miembro se atraviese a ponerle las manos encima. Benditos ángeles del cielo los abuelos, ¿verdad? Quizás, estén presentes en la mayoría de los estímulos causados por todos mis sentidos.

Completamente sumergida en fragmentos de recuerdos invernales, quizás en vez de seguir interrogándome acerca del estatuto del recuerdo per se, constituye un final mucho más dulce y adecuado una especial evocación a la figura de valor inestimable de nuestros abuelos. No solo por estar en “estas fechas”, pero especialmente por “hallarnos en estas fechas”.

Adoro la Navidad. Siempre será mi tradición favorita.

Feliz Navidad a todos, humanos y ángeles.

A Happy Christmas
Ilustración de Kate Greenaway

***

Olor: café recién hecho, naranjas, abeto.

Vista: casas bajo capas de nieve.

Gusto: tarta de chocolate con mousse de chocolate y guindas.

Oído: todos los villancicos de Sinatra, on repeat.

Tacto: el de las manos llenas de líneas de sabiduría de los abuelos.

IOANA ARDELEAN

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