Poesía en la muerte

EL TERCER ASESINATO: Director: Hirozi Koreeda. Guion: Hirozi Koreeda. Fotografía: Mikiya Takimoto. Reparto: Masaharu Fukuyama, Koji Yakusho, Suzu Hirose, Yuki Saito, Kotaro Yoshida, Shinnosuke Mitsuhima, Izimi Matsuoka, Mikako Ichikawa, Isao Hashizume. País: Japón. Duración: 124 minutos. Año: 2017.

Poesía en la muerte

El artista en cualquier disciplina necesita renovarse y afrontar nuevos retos para demostrar que hay algo más que decir. El arrojo de Hirozi Koreeda en su última película demuestra que es un director que siempre continúa buscando para encontrar ese camino que satisfaga sus innumerables inquietudes. Si se atiende a su filmografía se puede constatar el altísimo nivel que alcanza cada una de sus películas. Explicaba Gompertz en su excelso libro Piensa como un artista que, si uno no triunfa en un primer momento, no debe intentar hacer exactamente lo mismo de nuevo. En el caso del director japonés, se invierte la frase. Koreeda maneja a la perfección un género, podría decirse que el drama familiar con maestría, pero consigue dar un giro sin ser infiel a su particular universo, sabiendo encontrar un nuevo camino.

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El tercer asesinato es ese avance en su filmografía que supone acercarse al género negro de una manera tan filosófica como inquietante y a la vez cercana. Desde los primeros compases, se filma la falta de salida y la muerte bajo la atenta mirada de un hombre del que aún no se sabe nada. Toda esta crudeza está retratada con precisión y poesía. La composición de los planos, unida a toda esa sugerencia que propone, ya consigue captar la atención del espectador sin remisión.

Un crimen despiadado, un abogado, un posible culpable, un pasado, una viuda, la mentira, la confidencia, las dudas, las formalidades y la relación paterno-filial. Existe algo hipnótico en esa tensión que plantea la película debido a la sensación de que jamás se conoce la auténtica verdad de lo que sucede. Esto va generando un clima de asfixia que nunca termina por desincentivar a un curioso espectador que asiste a esa trama con tintes shakesperianos muy bien traídos a un presente reconocible. Un acierto irreprochable de Koreeda −otro más− es filmar sin una perspectiva omnisciente. Jamás juzga a sus personajes, y eso es un extra a lo que ya aporta, porque no marca lo que debe sentir el receptor de la historia ni emplea esas trampas tan deplorables que en ocasiones reinan el cine de género.

Afirmaba Einstein que la creatividad consiste en ocultar tus fuentes. El director japonés hace lo opuesto y no solo no las oculta, las muestra sin pudor alguno. Al inclinarse por el Cinemascope, lo que le permitía realizar esos planos cercanos y veraces, hay que rebuscar en Kurosawa, concretamente en El infierno del odio (1963), para comprender ese grado de composición fílmica. Del mismo modo, Alma en suplicio (1945) de Michael Curtiz tiene absoluta relevancia en ese tempo interno con el que Kooreda ha dotado a su película.

La verdad es uno de los motores que acompaña a la historia y más si se atiende al género que ocupa la misma. Existe un asesinato, un presunto culpable, un abogado, una víctima, unas circunstancias. Todo ello son los mimbres que puede poseer cualquier thriller. No es el qué sucedió lo que importa porque se sabe, lo relevante en todo aquello que se plantea, la verdad de lo que se relata. Aristóteles, en el Libro II de la Metafísica, ya escribía que el objeto de la ciencia es la verdad pero que resulta imposible alcanzarla completamente. Esto mismo es lo que sucede en El tercer asesinato. Desde el guion ya se realiza esta propuesta que alcanza una consistencia muy firme en el desarrollo visual de la película. ¿Qué sucedió realmente? No existen respuestas absolutas, tampoco se necesitan. Existen visiones, la del abogado es una, pero no la única, es una más. Toda la historia se va recrudeciendo para hacerse irrespirable en ciertos instantes en los que las heridas del pasado cobran una presencia elemental para el acontecimiento de los hechos.

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La hija de la víctima comienza a tomar parte de una partida que parecía muy clara y que, con sus confidencias, consigue que todo lo que parecía claro se vuelva difuso. El pasado siempre está presente, no solo en la figura del propio acusado. También el pasado envuelto en esa relación padre-hija que afecta emocionalmente al abogado defensor en la propia relación del mismo con su hija. Trabajo, distancia, mentira. Abogado con su hija. Abogado con su padre. No se olvida Koreeda de saber sacar partido a eso que tan bien hace. Consigue que esté presente sin que en apariencia sea la trama central pero todo, de un modo u otro, parte de las mismas. El conjunto se une para descubrir a esas personas desconocidas que pueden ser los familiares.

El modo con el que se ha realizado la película es de una calidad altísima en todos sus campos. Parte de unos movimientos, tan sutiles como efectivos, acordes con la escena. La cámara se mueve de un modo pausado y elegante. No hay brusquedad. La dirección de fotografía, a cargo de Mikiya Takimoto, es natural y conjuga a la perfección la luminosidad con la intimidad. Los encuadres son excepcionales. Existe un trabajo en todos los apartados artísticos y técnicos que no es fácil encontrar en el cine actual. Si se parte del guion, no hay nebulosa alguna pese a tener puntos demasiado conflictivos. Existe un trabajo de investigación en un campo complejo como es el legal que consigue que la película parta de una base solida para construir el resto de enclaves que conforman el resultado global. A esto se le debe sumar la música de Ludovico Einaudi que subraya toda esa poesía fílmica. Se podría poner en tela de juicio algo de ese lirismo planteado por ser demasiado evidente si se tiene en cuenta lo ya mostrado por la imagen.

El aspecto interpretativo es impecable a todas luces. Todo ese mundo interno que posee cada personaje es llevado de un modo tan sutil, que logra dotar a cada frase de dinamismo, aunque sea un plano extremadamente fijo. Contar con ese guion tan sólido, y a su vez verse refrendado por unas interpretaciones tan veraces, ya consigue un 70% de la película. Si a eso se añaden los ya mencionados aciertos técnicos y artísticos, ya se tiene algo redondo. Las conversaciones que suceden en la sala de interrogatorio resultan brillantes. Son íntimas y de nuevo la verdad es esa esencia que transita por lugares muy indeterminados. ¿Existe una absoluta? Hay un punto bergmaniano en esas confidencias que tienen el acusado y el abogado. Todo muy buscado y muy conseguido. Las visiones de la verdad, las heridas, la obsesión y la búsqueda de la respuesta. No hay respuestas totales, solo planteamientos. 124 minutos de muerte, poesía, vida, conocimiento y dolor. Hirokazu Koreeda se adentra en el cine negro y vuelve a triunfar. ¿Qué hará a continuación?

Gusto: La naranja en ti

Imagen: Tu nueva trenza

Olor: El del jabón que encargas al extranjero

Sonido: Tus pasos en la escalera

Tacto: Tu ombligo.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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