Domingo en la caja negra

 

Es por todos sabido que cuando pasas la barrera de los 30 los domingos pueden ser de dos tipos: a) día de resaca mortal que te hará ser un despojo humano durante las siguientes 72 horas, o b) día en que decides ser una persona productiva.

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Pues bien, la semana pasada me pasó lo segundo y tras descartar el plan de terraceo desde el mediodía hasta las 8 de la tarde porque todos mis amigos habían quedado para comer con la familia política, pensé en que el domingo es siempre un buen día para la cultura. Pregunto al tío Google sobre exposiciones y mis ojos se fijan en una que termina ese mismo domingo: Black Box, de Hiroshi Sugimoto, “una exposición fuera de lo común”, “una experiencia sensorial”, lo describe Fundación Mapfre en su página de Facebook.

Decidido.

Tras un café y con ganas (y también miedo) de sentirme como Paco Martínez Soria al llegar a la capital según pisara la exposición – no tengo ni idea de fotografía, todo hay que decirlo – , me dirijo a la Fundación Mapfre y pago religiosamente mi entrada. También rechazo la audioguía. Vamos a ver qué percibo sin ningún prejuicio, pienso. Y me inmerjo en la Black Box del fotógrafo japonés.

“Theaters”, “Lightning Fields”, “Dioramas”, “Portraits” y “Seascapes” son los nombres de las cinco escenas que la exposición ofrece. Compuestas por obras monocromáticas, todas ellas juegan con nuestra percepción intentando dar visión a lo que no se puede ver en una mezcla de representación y abstracción que, si se me permite la apreciación, hace pensar en Freud y su concepto de unheimlich, ya que lo familiar y lo extraño se concentran en la misma imagen, haciendo que las representaciones aúnen en sí significados antónimos y nos hagan sospechar que, como en el más actual “valle inquietante”, lo que estamos viendo no es en realidad eso que estamos viendo.

Gracias, Sugimoto, por regalarme un domingo distinto. Desde luego, no creo que haya mejor primera toma de contacto con el octavo arte.

Una imagen: Autocine en Union City

Un sonido: el de los pasos de los cuatro que estábamos allí

Un gusto: el buen sabor de boca que me quedó a la salida

Un tacto: la rugosa apariencia de las olas en sus oscuros “Seascapes”

Un olor: mezcla de otoño y verano en el Paseo de Recoletos

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