De Madrid al cielo sí, al suelo no

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Taxi
Un taxi a la puerta del Hotel Extreme en Addis Abeba (Etiopía)

Siempre he tenido que reconocer que el olfato me falla… Desde pequeño sólo sentía olores fuertes como la gasolina o la pintura plástica y tal vez por eso eran los que me gustaban. La primera vez que llegué a Addis Abeba (Etiopía) un nuevo olor se añadió a mi registro; basura quemada. Puede parecer absurdo hablar de esto, pero ese olor me ha marcado de tal manera que cada vez que lo siento recuerdo Etiopía y cada vez que aterrizo en Bole me embriaga. Me han dicho que está cambiando mucho, no sé si a bien, y la última vez que estuve ya estaban instalando papeleras en las principales avenidas, pero desde siempre, la basura iba al río y allí se quemaba. Una solución sencilla para un problema importante en una gran capital. La gestión de residuos no es baladí, ni siquiera en África.

Pero hoy quiero hablar de otra capital, Madrid. No por nada especial, sino porque es en la que vivo y el problema de la limpieza ha estado en boca de todos tras las pasadas elecciones municipales. A pesar de ello, es un tema que siempre me ha importado y no han sido pocos los días que hablo con mis padres, con amigos o incluso con desconocidos, de este tema. Me gusta vivir en una ciudad limpia y por desgracia no es el caso. Y no será porque el Ayuntamiento no lo intenta. Parece que han hecho de la limpieza una prioridad. Es porque somos unos guarros. Así en general.

 

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No tires mierda…
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Recicla…
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Recoge las cacas…

 

La campaña de concienciación del Ayuntamiento está siendo importante y en las últimas semanas se multiplican los carteles con mensajes muy claros… O no tanto. «Madrid, al cielo sí, al suelo no» me sonaba a que podemos contaminar todo lo que queramos, pero tirar latas al suelo ya no… El de los contenedores de reciclaje es bueno, si no fuera porque la policía municipal sigue comprobando licencias de locales comerciales mientras un caballero tira todo el papel del contenedor al suelo para arramplar con los cartones que le interesan y cargarlos en su furgoneta (no es broma, caso verídico). Aunque mi favorito, por irónico, es el de las cacas de perro con un gracioso «suerte tener un barrio limpio» mientras un zapato está a punto de pisar una caca bien jugosa. Este es el que más me gusta porque también es una de mis batallas particulares… Cada vez que veo a un animal hacer sus deposiciones (cagar en lenguaje Decogarden) en la calle, me quedo mirando fijamente su dueño hasta que lo recoge. Bueno, no tanto, porque casi siempre voy con prisa. Pero enfrentarse a la gente guarra no es ninguna solución y ya me he llevado un «recógelo tú gilipollas» por decirle a un tipo que recogiera la colilla que acababa de tirar al suelo. En fin… Es lo que tiene no ser violento.

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Punto limpio

Pero volviendo al tema que nos ocupa, hace unos días al salir de casa me encontré con un cartel que el Ayuntamiento había pegado en todas las puertas, con los puntos limpios y contenedores más cercanos. Mi sorpresa, que el cartel del portal vecino estaba tirado en el suelo y arrugado, como si a alguien le molestara tanto ver estas cosas que la rabia le inundaba tan profundamente como para arrancarlo, arrugarlo y tirarlo, por supuesto al suelo para que todos pudiéramos ver su hazaña y elogiar su civismo.

Siempre recuerdo una anécdota durante mi viaje de fin de curso en el instituto, cuando dando un paseo nocturno por el ring de Viena, una calle que rodea el centro de la ciudad, el único resto de mierda en el suelo que vi fue una colilla que acababa de tirar un grupo de españoles unos segundos antes de pasar nosotros. Poca civilización que alimenta estereotipos y explica por qué por muchas campañas que haga el Ayuntamiento de Madrid siempre habrá algún cerdo.

Así que, ni corto ni perezoso saqué el teléfono y decidí hacer un experimento. Según Google Maps 163 metros separan mi hogar de la casa de mis padres (sí, soy así de afortunado) en la ruta que hago a diario para ir a comer (sí, soy así de gorrón). Ciento sesenta y tres metros de pavimento en el que puse en práctica mis conocimientos arqueológicos para hacer una pequeña prospección de mierda con una salvedad: sólo me iba a fijar en lo que saltaba a la vista a menos de un metro de mí.

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En total, fotografié una treintena de restos muy variados, que ponen de manifiesto lo poco cívicos que somos en realidad en cuanto a limpieza se refiere. Y no es que no haya papeleras, porque en este trayecto podías encontrar hasta 15 papeleras a menos de diez metros del camino, 8 de ellas a mano de paso. Simplemente nos gusta tirar las cosas al suelo.

Entre los restos, destacan las colillas, seguidas muy de cerca por las cacas de perro y los chicles (quién no ha pisado ambas alguna vez), así como otros restos sorprendentes como unas bolsas llenas de zapatos (que al volver estaban esparcidos por la zona) y otro de los elementos que más me disgustan; restos de grasa, pintura, cemento, etc. En este caso no tiene misterio porque conozco la actividad de los locales, pero bien podríamos saber que estamos a la puerta de un bar cuando hay una alta concentración de colillas y grasa, o junto a un chino si tenemos latas y restos de verduras. ¿Tanto cuesta barrer la puerta? ¿Es tan difícil tener cuidado cuando se hace una reforma? Parece que tenemos la sensación de que la lluvia se lo llevará todo y si no, ya vendrán los barrenderos… total, para eso les pagamos. De lo que no nos damos cuenta es de que en Madrid llueve más bien poco y no creamos empleo ensuciando las calles.

Aún no he llegado a oler demasiado Madrid, pero no me gusta como lo veo. No voy a criticar la política del Ayuntamiento aunque no me parezca efectiva. Criticaré a la gente que todos los días tira una colilla, una lata, un pañuelo o deja las cacas de su perro en el suelo. Gente por la que se fomenta la guarrería… En mi examen de Selectividad, unos meses después de volver de Viena, tocó comentar un texto sobre el orín en las calles de Cáceres. Quince años después el problema no se ha solucionado ni con multas de 750€. Mi barrio en ese sentido es afortunado, pero hay noches que Madrid también huele. No solo a orín, sino a basura quemada, como la del pequeño asentamiento que cruzo todas las semanas cuando salgo a correr. Por un lado me alegra, porque me recuerda a mi amada Etiopía, pero en el fondo me deprime. Somos guarros, por lo general, y aún hace falta mucha educación para que tengamos la suerte de tener un barrio bien limpio…

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