El aperitivo de Gala y Borges

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“Recuerdo, en casa de Quiñones, una velada con Borges. Me pasó con él lo que con Salvatore Quasimodo, en una visita a España: impertinente con todos, pidiendo que los libros se los mandaran por correo, y olvidándose los que le dedicaban… Las normas de educación y convivencia son válidas para todos, se sea quien se sea. De ahí que le dijera yo, que no le había llevado nada:

—Sus obras las seguiré leyendo, pero a usted no lo aguanto ni un segundo más.

Y me fui.

Pues bien, Borges esa noche sacó su mostrador de bisutería ya vista bastantes veces. Habló contra el idioma castellano que él tan bien escribía; se sorprendió, o fingió sorprenderse, de que Manuel Machado tuviese un hermano poeta; puso a Cansinos Assens en los cuernos de la luna como si, después de él, nadie supiera nada de nada aquí; volvió a afirmar que había leído El Quijote primero en inglés, y que al leerlo en español le había decepcionado… Es decir, toda la murga que se le disculpa a un joven poeta, no a un maestro, que políticamente tan poco limpio estaba. Entre tanto comía aceitunas sin cesar; las tomaba de dos en dos de un platito. Yo se lo cambié por un cenicero. Las dos primeras colillas que se llevó a la boca nos vengaron”.

 

ANTONIO GALA, Ahora hablaré de mí, Planeta, Barcelona, 2000, págs. 246 y 247.

Una imagen: sonrisa socarrona
Un olor: humo
Un sonido: tos
Un gusto: papel y tabaco
Un tacto: la suavidad de una aceituna húmeda

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